Jesús

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Podés no creer en Dios o estar enojado con la Iglesia por diversas cuestiones. Te entiendo. A veces no reflejamos verdaderamente el amor de Aquel en quien creemos. Hemos ido y vuelto muchas veces y con diversas cuestiones. Muchas cosas salieron bien, otras no tanto; y hemos pedido las correspondientes disculpas por aquellas que salieron mal.

Pero quería contarte que las cosas tienen una dimensión un poco más profunda, a veces escondida, y que tiene que ver con el famoso Jesús de Nazaret. Sí, ese carpintero de túnica y sandalias que caminaba por medio oriente con doce hombres enseñándoles que el sentido de la vida está en dar más que en recibir (1). Era un buen tipo. Decía cosas buenas que a algunos les escandalizaba. Decía que recibir a un nenito era recibirlo a Él (2), y que visitar un preso era visitarlo a Él (3). Enseñaba que la vida solo podía llamarse vida de verdad cuando se estaba cerca suyo (4), cuando se lo quería y se lo seguía. A veces parecía que contestaba a las preguntas que todos nos hacemos en el siglo XXI: “¿cómo hago para vivir de verdad?”, “¿cómo vivir y no solamente existir?”. También decía que en lugar de odiar a los enemigos, había que amarlos al igual que Él amaba a su discípulos, amigos, conocidos… a todos (5). No escatimaba en planificaciones exageradas ni en mediciones sin sentido. A veces parecía un loco con un proyecto demasiado utópico, que se terminaría truncando el día que muriese. Y eso pasó, murió y muchos quedaron decepcionados, pensando que todo lo que Él había dicho habían sido solo palabras bonitas (6). Pensaron que ese horizonte de vida que se abría cuando estaban cerca de Él, era solo una invención de ellos, una proyección o el simple deseo de querer que tal cosa exista. Es más, el día que murió solo estaban cerca de Él un amigo suyo y su madre (7). Los demás habían corrido, espantados por el horror de ver a su amigo morir.

Pero este buen hombre (el más bueno de todos los hombres), tenía una particularidad. Algunos decían que cuando se acercaban a Él había algo especial (8), que podía curar gente (9), que hablaba claro y con mucha razón y autoridad (10), y que su mirada iba a lo profundo del corazón, al igual de sus palabras y sus acciones (11).

Lo que en realidad pasaba, es que ese gran hombre también era un gran Dios. De hecho, era el mismo Dios que hizo el mundo, creó las cosas, creó al hombre y la mujer y todo aquello que nos podamos imaginar. Rarísimo. Era pensar que algo eterno se achicaba siendo algo temporal, como meter el océano en un vaso. Pero parecía posible, porque ese Dios eterno también podía hacer lo que quería, porque en definitiva… era Dios. En fin, este tipo, Jesús de Nazaret, era las dos cosas: hombre y Dios.

Dios se había hecho hombre en Jesús para liberarnos de algo puntual: el pecado. Es decir, de todo aquello que va en contra de Dios y que, por lo tanto va en contra de nosotros mismos. Porque el pecado no es un capricho de Dios, sino aquello que nos cachetea en lo más profundo de nosotros y no nos deja ser plenamente libres y felices. En primera instancia, es un alejamiento de Él, porque nadie sabe mejor que Él cómo podemos ser felices. En las demás instancias, es un esconderse de sus propuestas que nos llevan a la felicidad. Y esto se manifiesta de muchas maneras: envidia, orgullo, soberbia, egoísmo, angustia, falta de sentido en la vida, violencia, odio, etc. A todos nos pasa.

Como Dios no quería que las cosas queden así con lo mejor de su creación, se hizo uno de nosotros en Jesús para acomodar todo (12). De esta manera, los hombres y Dios podían estar cerca otra vez. Y lo cumplió, obvio, porque Él puede hacer lo que sea.

Pero lo cumplió al precio de morir colgado en una Cruz, porque en su época muchos no toleraron que Dios se quisiera acercar tanto, que Dios rompiese tanto las estructuras para ser amigo de los hombres. Muchos no lo reconocieron como el que venía a liberarnos del pecado y decidieron matarlo para que dejase de decir todas las cosas que decía: que Él era Dios, que hay que amar a los enemigos, etc (13). Y ni hablar de las manifestaciones más evidentes de su ser Dios, como resucitar a un amigo (14). Sí, varios no se lo bancaron y como tenían poder, mandaron a matarlo.

Sin embargo, el carpintero de Nazaret que seguramente sabía hacer muy buenas mesas y sillas y que a su vez era Dios, hizo lo que quiso y resucitó. Le ganó la pulseada al pecado y también a la muerte, porque son algo así como primas hermanas. A Él nadie pudo ganarle, porque era el Camino, la Verdad y la Vida (15). Era Dios mismo, y Dios nunca se deja ganar. Y gracias a Él, todos podemos ser amigos de Dios y encontrar en Él esa plenitud a la que estamos llamados. Resucitando, resucita en nosotros y nos da vida para siempre, contestando a todas las preguntas de la humanidad sobre la felicidad, la vida y el amor.

Pero, por supuesto, todos decidimos con libertad. El que no quiere estar cerca de Él puede no estarlo. Honestamente yo no puedo hablar bien y con precisión con respecto a ese tema porque no es mi caso. En cambio sí puedo hablar por los que decidimos seguirlo, y testimonio que Él realmente da vida en abundancia y libera de todos los males… porque es Dios entre nosotros (16).

Y le creo, de verdad que le creo en todo lo que dice. Y a vos que leés esto y no querés saber nada con su historia, te invito a que lo mires y te animes a creerle. Porque Él sencillamente es.


Citas

1. Hechos 20, 35,
2. Marcos 9, 37.
3. Mateo 25, 36.
4. Juan 10, 10.
5. Lucas 6, 35.
6. Lucas 24, 13-25.
7. Juan 19, 25.
8. Marcos 5, 30.
9. Juan 9, 1-7.
10. Marcos 1, 22.
11. Juan 7, 46.
12. 1 Juan 4, 10
13. Juan 1, 5
14. Juan 11, 34-44
15. Juan 14, 6
16. Mateo 1, 22

Música y silencio

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Dos cosas pueden asombrar a cualquier persona en la faz de la tierra, porque se las vive a diario en cualquiera de sus matices: el silencio y la música. Ambas asombran porque, de una manera misteriosa, tocan lo más profundo de nosotros, al punto de movernos a cosas grandes. Las mejores decisiones suelen ir precedidas por un silencio del cual brotan y toman fuerza, así como cambios enormes suelen ir acompañados (y hasta anunciados) por la música. En un sentido, se puede decir que somos los silencios que hacemos y la música que creamos, porque tenemos un corazón inquieto que ama tales cosas.

La clave de la profundidad del silencio y la música están en nuestro corazón inquieto, es decir, en el punto más nosotros de nosotros. El estar en silencio (silencio externo y silencio interno, de todo lo que nos pasa) nos da la sensación de que somos un instante en el tiempo, como si fuéramos pasajeros ocasionales del mundo en un viaje que está lleno de sentido por algo que lo trasciende completamente.

Lo mismo sucede con la música. Al escuchar piezas buenas que mueven de verdad el corazón, sentimos que no nos pertenecemos, y que la música que escuchamos y que nos gusta es el eco lejano de algo que nuestro corazón quiso desde siempre. Como si escuchar una buena canción nos recordara algo que perdimos hace tiempo, algo que no sabemos qué es, algo que notamos difuso pero a lo que nuestro corazón tiende naturalmente.

Silencio y música tal vez sean los dos lenguajes más propios nuestros, los que más tocan nuestro corazón porque nos abren a una trascendencia verdadera, que parece estar hecha para nosotros desde el principio. Ambos entrañan más sentido que cualquier otra cosa que pensemos. Cuando hay silencio, es posible crear la palabra. Si no hubiese silencio, el mundo sería una serie de ruidos juntos que ni denominaríamos ruido porque no conoceríamos otra cosa más que esa. Al haber silencio, la palabra toma vigor y sentido, y puede tener tanta fuerza como para mover otro corazón. Por eso un te quiero que nace de un silencio tiene más fuerza que una serie de te quiero que terminan por perder sentido. Las palabras, cuando se las usa mucho y no se las abraza con silencio, se gastan y pierden sentido. Según Nietzsche, son como las monedas: más se usan, más se gastan, y al gastarse pierden todo relieve y un día terminan por no servir. Así, se puede decir que sabe hablar quien sabe callar. Sabe decir aquel que sabe no decir nada, quien sabe abrir el mundo del silencio y ver lo que las cosas son. Y, quien sabe lo que las cosas son, sabe decirlas.

Por eso, también es peligroso perder el silencio. Max Picard decía que el hombre que perdió el silencio no ha perdido solamente una cualidad humana, sino que por ello ha resultado modificada también toda su estructura. Cuando lo perdemos, perdemos la capacidad de ver lo que somos y así ni nos conocemos ni nos queremos. Simplemente nos perdemos y pasamos a ser una hoja en el viento: vamos hacia donde el viento nos sople y nos tire.

El otro lenguaje, la música, es tan universal como el silencio. Históricamente las culturas han sido musicales, es decir, han hecho música para manifestarse, adorar a sus divinidades, festejar, hacer sacrificios. La música está en todo lo que hacemos porque cala profundo y tiene el poder que las palabras no tienen por sí mismas. Esto no significa que las palabras no tengan poder; todo lo contrario, solo basta con leer un gran poema. El poema es el más allá de las palabras, porque nos habla de la realidad de otra manera. La música es el más allá del poema, porque nos habla de la realidad de una manera que pocas veces podemos comprender.

La música expresa lo que somos. Haciendo música podemos ver cosas de nosotros que con la simple reflexión tal vez no podríamos llegar a ver. Es por eso que muchos cambios sociales han sido precedidos por un cambio en la manera de cantar. Somos lo que cantamos, y esto nos da la posibilidad de vernos un poco más profundamente. La música es el puente que va directo desde la realidad al corazón. Salta la razón y mueve el corazón por sí mismo. Lo mismo hace el silencio. Ambos, en el fondo, nos develan el sentido de las cosas en un modo más frágil y profundo del que la razón lo puede hacer. El silencio y la música nos hablan directo y nos iluminan todo lo que somos, y es por esto mismo que no son, ni de cerca, meros provocadores de sentimientos. Entenderlos así es rebajarlos, al igual que se los rebajaría si se los tratase de formalizar racionalmente. Silencio y música van al centro de la persona, y desde allí generan ideas y sentimientos, que son secundarios. El objetivo principal es revelarnos sentido.

Este poder, el de revelarnos el sentido de las cosas es simplemente grandioso y nos habla de la realidad que hay más allá de todo esto que vemos. Su poder debe venir de algún lado, siendo nosotros el destinatario de toda su profundidad. Tal vez, el silencio y la música sean los dos lenguajes de Dios que en Él son lo mismo. El silencio de Dios es música, y la música de Dios es el silencio.

El silencio de Amor donde Dios dice “hágase…” al principio de la creación y la música con la cual crea todo lo que creó con armonía, se identifican en lo que Él mismo es. Dios creó haciendo música. Dios hace permanecer las cosas que crea en un silencio profundo, y nuestro silencio humano abre la puerta para poder hablar con Él. En algunos relatos literarios de mundos fantásticos como son Las Crónicas de Narnia y El Silmarillon de Tolkien, los creadores de estos mundos crean… con música. Tal como hizo Dios.
Silencio y música puede ser el lenguaje nuestro en el Cielo, también. Allí se hará silencio frente a lo más importante de todo (Ap 8, 1), pero también se hará música para festejar todo lo que Dios creó y celebrar que lo hemos conocido (Ap 15, 3). Por eso la misa, que es el Cielo en la tierra, tiene silencios y tiene música. Porque el Cielo habla así, nosotros celebramos la resurrección así. Dios habla así y nuestro punto de unión entre el Cielo y la tierra refleja la naturaleza de estas cosas.

Silencio y música no son invenciones nuestras, sino el lenguaje propio de Dios y, por lo tanto, el lenguaje del Amor. Es por ello que tienen tanta fuerza, por eso es que nos mueven tanto. En el silencio habla Dios y en la música también. Silencio y música son las últimas realidades con las cuales Dios ha hecho todo esto. Hacer silencio y hacer música nos acerca a Aquello que hizo la realidad, nos hizo a nosotros y nos quiere a nosotros. Hacer silencio y hacer música nos acerca a la eternidad, desde la cual fuimos pensados y queridos. Nos acerca a tres personas, que son un solo Dios, por las cuales hoy nos movemos, vivimos y existimos (Hch 17, 28). Nos acerca más a Dios, y en ese océano de sentido nos acercamos más a nosotros mismos y a lo que somos. Por eso esa especie de nostalgia al hacer silencio y al escuchar una buena pieza musical. Porque nos remiten a todo aquello que está más allá de nosotros pero que a la vez está tan cerca y tan dentro nuestro. Nos remiten al primero que nos quiso y con el cual nos encontraremos al final de los tiempos. El mismo que hizo todo lo que existe y para quien nuestro corazón está hecho, el cual no va a descansar hasta que al final encuentre reposo en Él.

Amar a la Patria

BanderaArgentina

Nadie es la Patria, pero todos lo somos.

Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,

Ese límpido fuego misterioso.

Jorge Luis Borges


Amar a la Patria a veces parece algo propio de gente privilegiada que vivió hace mucho tiempo, que se formó en grandes universidades de Europa, que no tuvieron miedo de ir al frente a pelear por el pueblo que tenían detrás. Parece, incluso, hasta reservado a hombres con patillas grandes, cara seria, que aparecen en billetes y que cada año prestan su vestimenta a chicos de primaria para los actos escolares.

Pero no es así. El amor a la Patria no es un privilegio de ellos, ni nunca lo será. A ellos les vale el calificativo de haber sido quienes vislumbraron su propia esencia y vivieron para ella, para que la Patria sea la bandera de unión de todo un pueblo. A ellos les vale nada menos que tal categoría privilegiada, sí, que es modelo para todo el que quiera llamarse con orgullo y la frente alta, argentino.

El amor a la Patria es, en toda su pasión y respeto por la realidad, una virtud para todo un mismo pueblo. Debe ejercitarse, debe trabajarse cada día, porque amar a la Patria es amar algo que va más allá de cualquier afinidad política, económica, partidaria y religiosa.

La Patria es, para cualquiera, en cualquier país, el lugar al cual uno está vinculado profundamente y que está constituido por un conjunto (nunca azaroso), de todas las tradiciones, lenguas, cantos, bailes, comidas, de una nación. La Patria es lo que le da vida a una nación, lo que la hace vivir y permanecer viva. Es la madre de todo un pueblo que, desde el día en que este nace, lo cuida, lo educa, lo hace ser tal hijo. La Patria es aquello que nos hace recordar lo que somos porque ella nos conoce, porque ella nos formó. Y los hijos de tal madre, somos los privilegiados (ahora sí, todos nosotros) de quererla y cuidarla, porque faltar a la Patria es faltar a nuestra tradición, y por lo tanto a lo que nosotros somos. No querer la Patria es no querer saberse hijo de la tradición de un pueblo que cala en lo más profundo de nosotros y por eso, desentenderse de ella es desentenderse de lo que uno es.

Saberse parte de un pueblo con tradiciones y una manera especial de ver y vivir la realidad (más allá de los matices que se sucedan en la historia), nos vuelve hermanos de esta misma madre. Nos vuelve hermanos de los ricos y de los pobres, de los que se dicen progresistas y de los que se dicen conservadores, de los que quieren un estado más pequeño y de los que quieren un estado más grande, de los que quieren más libertades y de los que privilegian otra manera de entenderse en lo económico, social y político. Volviendo a la verdadera idea de pueblo en sus orígenes (que están allá por la Biblia, cuando se habla de pueblo judío), es que vamos a poder entender que el Estado no lo es todo, que la propiedad privada no lo es todo y que tampoco la prensa, el sistema económico y el modelo político que persigamos lo son todo. Quererlos como un todo que explica la realidad y afanarse porque tal o cual idea gane frente a las demás, es crear ídolos para adorar. Ninguna de las cosas que mencioné antes vale por sí misma, sino en tanto medio para el crecimiento de un pueblo en todos los aspectos de la realidad humana. Quererlos como lo único válido es obturar la realidad y perder el verdadero sentido de las cosas: todo debe ordenarse al bien del pueblo y de cada uno de sus integrantes, porque cada uno es hijo de la Patria que constituye al pueblo, Patria que es un regalo de Dios. Don de Dios confiado a nuestra libertad y a nuestros ánimos de lograr para todos un lugar mejor para vivir, para desplegarse y para ser en plenitud.

Amar la Patria jamás es contradictorio con amar a Dios. La enseñanza de la Iglesia señala que amar a la Patria es algo propio de los hombres, porque amarla es buscar el bien para todos los hermanos en esta misma madre. Los dos grandes amores de santa Juana de Arco, piba que con 19 años lideró el ejército francés para ganarle a los ingleses, fueron Dios y su Patria francesa. Pero hay una gran salvedad que marca la diferencia: la Patria no es Dios y todo, bien entendido, tiene un orden. La Patria es un regalo de Dios a nosotros, no es Dios mismo. El amor a la Patria debe estar subsumido en un amor, primero, a Dios Padre porque de lo contrario se hace de la Patria un dios aparte y se pierde de vista el carácter esencial de la Patria como tal: que es un regalo de Dios y que debe cuidarse, pero que no debe considerárselo como un absoluto que da sentido a la realidad toda. Ese absoluto que da sentido a la realidad toda es un ser que es amor, que nos ama, que dio la vida por nosotros y que se afana porque seamos felices. Ese absoluto es Dios, nuestra primera Patria.

Amar a la Patria es colaborar con el bien de todos los hermanos. Hay que amarla para ver el sentido de vivir en sociedad, porque sin ella no se entiende qué venimos a hacer entre tantos otros que hablan como nosotros, bailan lo mismo que nosotros, comen igual que nosotros y, gracias a Dios, piensan diferente a nosotros. Encontrar en la Patria el don de Dios para el encuentro conciliatorio, fraterno y en paz de una nación, es encontrar el verdadero camino para el desarrollo humano de un pueblo.

En cambio, prescindir del amor a la Patria, es siempre prescindir de una parte de nosotros que, incluso sin darnos cuenta, nos hace ser esto que somos, fuimos y seremos: argentinos hasta el final.

El más pequeño de tus hermanos

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Creo que quien sostiene que se puede vivir la fe sin vivir para los demás, no entendió ni un poco el mensaje del Evangelio. Santiago, en su carta, dice que la fe sin obras está muerta. Muy bien. Yo también creo que es así, pero ¿cuáles son las obras que muestran o viven nuestra fe? También creo que obras hay muchas y de muchos tipos, y que una de ellas son las que competen a la vida social, al mundo de la polis, al mundo de los muchos, de los otros, la cual no representa el todo de las obras de fe ni mucho menos. Pienso que es una de las tantas que reflejan nuestra fe.

Por naturaleza somos políticos, lo cual no significa en lo más mínimo que por naturaleza somos fanáticos de tal o cual partido ni que nacemos con un carnet de afiliación al movimiento político de Mario, ese tipo que muchos quieren y muchos no quieren. El sentido es más profundo y va más allá del partidismo totalmente prescindible porque toca de lleno el corazón de la naturaleza humana: somos políticos porque vivimos en la polis, con “los muchos”, con los tantos otros que no son yo y que jamás podrían serlo porque uno es único e irrepetible.

Esto tiene consecuencias enormes para nuestra vida y, por sobre todo, para nuestra vida de fe. La vida no se vive sino con otros y la fe no es jamás una fe individual, es una fe llamada a vivirse con otros, una fe “necesariamente eclesial, que se confiesa dentro del cuerpo de Cristo” y por la cual “los cristianos son uno, sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo de su propio ser” (Lumen Fidei, 22).

¿Eso significa que más dándome a los otros en el servicio, más yo soy yo? ¡Sí! Exactamente. Martin Buber decía que no hay un yo sin un tú, y eso es verdad, pero yo hasta le agregaría que no hay un verdadero yo si no hay un tú amado desinteresadamente, tal cual nos amó Jesús. Incluso el tú se constituye como verdadero y más perfecto cuando es amado por ese yo, ¿o el amor de Jesús por nosotros no nos cambia ni un poco? Hasta se puede pensar que el amor desinteresado del “yo de Jesús”, el amor que da la vida por los amigos (el agape griego, el de “Pedro, ¿tú me amas?”) es constitutivo de nuestro “tú” en relación a su “yo”, que nos constituye como un “yo” que nos convierte en Hijos de Dios. ¿Se entiende? Lo que quiero dejar en claro es que el amor es constitutivo para ambos, y que esto se da en un nivel mucho más alto en el amor de Jesús por nosotros, el cual es reflejado en diferentes formas y grados en el amor humano.

Pero vuelvo al tema central de este artículo. El “problema” de ser políticos y, encima, de creer en Cristo es que, en cierta manera, somos responsables de los demás. Al vivir con otros, no podemos dejar de preguntarnos si no hay un otro al que se le está pisoteando la dignidad… porque los hay, están allí, y muchas veces no tienen rostro en la televisión, en un diario o en un post de Facebook. Están, te prometo que están. Hoy todavía hay gente que muere de frío, de hambre, de enfermedades que podrían curarse con solo saber unas cosas. Todo esto pasa, y no hay que ir a otro continente para verlo. Solo hay que abrir los ojos de la fe para ver a Cristo en el necesitado. Solo hay que ser cristianos y testigos de la mejor noticia que el mundo recibió en toda su historia: hay un Dios que nos ama tanto que murió por nosotros.

Nada de esto puede llevarnos al quietismo. El quietismo es la fe sin obras, una fe que no sale de sí, que no se abre a la trascendencia, a mirar la realidad con corazón de cristiano, con corazón de amor. El quietismo, ¿es una fe?

No podemos quedarnos con los brazos cruzados cuando todavía hay gente que vive en esas condiciones, que muere en esas condiciones. No podemos quedarnos con los brazos cruzados cuando todavía hay más sujetos que personas, cuando hay más cuerpos-cosa que rostros que te dicen “¡sí, en mí podés ver a Jesús!”. No nos conforman las cosas así, no deberían conformarnos. La vida va por otro lado. El amor a Cristo también ilumina este rincón. En todo tu derecho me podés preguntar ¿todo esto es amar a Cristo? Sí, por supuesto. ¿Pero cuando lo vimos hambriento y le dimos de comer? Jesús nos asegura que cuando lo hicimos con el más pequeño de sus hermanos, lo hicimos con Él.

La clave está en amar y simplemente amar porque el otro no es lo que tiene, sino lo que es. Y el otro es alguien creado a imagen y semejanza de Dios, igual que yo. Es un par, alguien por quien Jesús murió en la cruz. Alguien que tiene dignidad a pesar de que el hambre, el frío y tantas otras cosas más la quieran dañar. Tienen dignidad y el hambre, el frío y morir pareciendo solo una cosa es un escándalo. El escándalo de ser más cosas que personas. El escándalo de definirse bajo la dicotomía útil-inútil, propio de la cultura del descarte, de la cultura de la muerte.

Hay que salir a contrariar la cultura del descarte y la cultura de la muerte. Hay que embarrarse hasta la cintura con tal de salvar una vida, un alma para Cristo. La limosna no tiene que ser solo unos pesos que sobran para el que necesita comer algo. Hay que elevar la vara y hacer de nuestro propio tiempo y nuestra propia vida, una limosna para el que nos necesita. Hay que tocar de cerca las llagas de Jesús y poder decir ¡”Señor mío y Dios mío, realmente eres tú!”.

Por eso la responsabilidad social es algo a lo que todos los cristianos tenemos que prestar atención, según nuestra vocación y llamado individual. Algunos abrazarán la causa desde el sacerdocio, otros desde la vida religiosa y otros desde el laicado, pero todos la abrazarán. Todos harán algo por esos sin rostro que miran como Jesús, todos haremos algo por la dignidad humana, por ese valor a veces tan olvidado que nos confiere la muerte de Jesús y el amor de un Dios que todo lo puede, todo lo perdona y todo lo concede porque es un Dios que es Amor.

Querer a Dios y querer a alguien

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“Nosotros amamos porque Él nos amó primero” dice san Juan en su Evangelio, y así resume el sentido y la existencia de cualquier relación entre dos personas. Es imposible disociar el amor de pareja, por ejemplo, de la existencia de un Dios que solo es… Amor. Y el conocimiento de esta verdad nos marca un camino a seguir y una actitud a tomar frente a la realidad: hay que dar cuenta que somos, vivimos y amamos porque Dios es Amor.

Dios nos ama a cada uno personalmente y nos ha hecho con un propósito específico a cada uno. Eso es lo que los católicos llamamos vocación. Cada persona en este mundo tiene una vocación porque Dios, en lugar de crear hombres y mujeres “en serie”, crea personalmente y con un fin específico para cada uno. De la misma manera, decimos que todo está bajo la providencia divina, y esto quiere decir simplemente que la historia está contemplada bajo la mirada de Dios y que Él conduce el curso de las cosas sin impedir nuestra libertad y a pesar de que las cosas, a veces, no sean una película de Disney.

Por esto mismo, el encuentro de dos personas que el día de mañana serán pareja, está bajo el deseo profundo de Dios. Que dos personas se conozcan y se amen, es porque Dios así lo quiso. Sin embargo, esta voluntad divina no opaca ni en lo más mínimo la voluntad humana. Es decir, si estas dos personas deciden no estar juntas, es válido también, pues Dios propone y no impone. Pero hay algo que me fascina enormemente y es la tarea de los novios en tanto novios. ¿Qué es ser novios? O, mas aún, ¿qué implica seguir a Jesús y amar a alguien?

Cuando dos personas siguen a Cristo y lo aman profundamente, saben que la otra persona es un regalo de Dios. Y, como los regalos se cuidan (y más se cuidan los regalos de Dios), ambos se saben con una responsabilidad enorme: guardar y velar por la santidad de la otra persona, pues así Dios lo quiere.

Dos personas que aman a Dios quieren solamente el cielo para la otra persona. Y esto no es, ni cerca, el más tonto y vano de todos los deseos de pareja. Al contrario, es la tarea más “divina” del amor de pareja: el ayudar al otro a llegar a una intimidad cada vez mayor con Dios, ¡porque esa es la primer voluntad de Dios! Nos creó para vivir en comunión con Él. Envío a su Hijo para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia, ¿no?

Y esto implica muchas cosas. Amar, que es esto, implica más que un sentimiento. Confiar en los sentimientos y solo en los sentimientos a la hora de amar, puede no ser bueno. Los sentimientos van y vienen. Algunas veces son lindos, otras veces son feos. Algunas veces queman, como cuando decimos “¡como me mueve el piso!” y otras veces son tan quietos que uno puede terminar preguntándose si de verdad ama a la otra persona. Todo esto va y viene. Va y viene. Uno está enamorado (en el sentido de estar por las nubes, atontado), hasta que deja de estarlo.

Pero, ¿qué queda cuando uno deja de estar enamorado? Queda la decisión de amar. O, mejor dicho, queda la posibilidad de decidir amar, porque también puede decidirse no amar. El enamoramiento es la puerta de entrada a algo más profundo que es el amor, que no está construido en base a los sentimientos solamente, sino que su solidez está en decidir amar. El enamoramiento que llevó a dos personas a querer conocerse y a querer compartir, se desvanece para darle lugar al amor de verdad, más profundo. Lo cual, por su propia naturaleza, se muestra como una nueva aventura. Es la querer a la otra persona, a pesar de sus defectos y con todas sus virtudes la que marca a fuego esta nueva etapa. Es un querer querer. Decidir amar es decidir entregarse progresivamente al otro para que este otro simplemente sea feliz o, que es lo mismo, para que encuentre a Dios en un nivel espiritual cada vez más hondo.

Amar no es otra cosa que renunciara a sí mismo en pos de la santidad de la otra persona. Es salir de uno mismo, olvidando los miedos, las comodidades y toda la zona de confort para encontrarse con el otro tal cual es. Es encontrarse con una creación de Dios, con un misterio que siempre será, es última instancia, incognoscible. Y esto es la antinomia de cualquier egoísmo, porque uno queda lanzado al designo de Dios y a lo que ello le depare. Si primero se ama a Dios, si uno primero se enamora de Dios, entonces cuando esté en pareja reconocerá que su misión es amar a Dios amando a la otra persona. Su prioridad será hacerse santo ayudando a la otra persona a santificarse. No por egoísmo, sino porque en la dinámica propia de la relación las cosas se suceden de esta manera y deberá cuidar de la otra persona. Cuidar, acompañar, y convivir. No en el sentido de vivir bajo un mismo techo, sino en el sentido de vivir con la otra persona. Vivir sus alegrías y sus decepciones. Vivir sus más profundos proyectos y vivir sus miedos más grandes. Y en esta convivencia mutua, es que ambas personas que deciden amarse desean y quieren un proyecto juntos. Los dos quieren acompañarse. Los dos quieren renunciar a su egoísmo para formar una unidad de amor que sea imagen de Dios, comunidad de personas. Los dos quieren el bien del otro, y tal proyecto está armado sobre la voluntad de ambos de llegar a la santidad, al encuentro con Dios que nos llama.

Amar, en definitiva, es la elección libre de hacer partícipe al otro de la propia vida de uno. Es abrir el corazón a querer el bien de otra persona y comprometerse a custodiar por entero la vida espiritual de la persona que amamos, sabiendo que siempre habrá altos y bajos, y que los sentimientos pueden un día esconderse para dar lugar a un amor más profundo, si es que uno así lo quiere. Y este amor profundo, que no es sino participación de Dios Amor, nos lleva directamente a Él y a vivir en su presencia.

Nosotros, los estudiantes católicos

Universidad

La universidad no solo ofrece saberes a asimilar para la formación de una persona, ofrece también una variedad de ideas y relaciones que también forman. La multiplicidad de situaciones, de historias, de ideas y de vínculos también enseñan y pueden (o no) favorecer el desarrollo personal. Reducir lo educacional solamente a lo que ocurre dentro de un aula, es minimizar el valor de las relaciones humanas fuera del salón y es, por lo tanto, subestimar todo lo que pueden hacer los vínculos bien tendidos por el desarrollo personal.

Frente a esto, en una universidad o un instituto superior, los estudiantes católicos tenemos mucho por hacer y, a veces, no lo hacemos. La universidad y los institutos son y serán nuestros lugares de paso que menos de paso serán. Estudiar es estar varios años en una institución vinculándose y relacionándose con personas que el día de mañana pueden permanecer o podemos no recordar su nombre o su cara.

Nosotros, los estudiantes católicos, tenemos en estas instituciones un desafío enorme para afrontar: colaborar para que cada estudiante sea el personaje principal de su vida y, de esa manera, pueda tener un encuentro con Cristo vivo. Necesitamos ser más católicos en nuestra vida de estudio. Pasar más tiempo mirando a Cristo y a los demás para servirlo a Él y a los que están a nuestro lado.

Tenemos que ser estudiantes católicos que deseen tanto conocer más la realidad como ponerse al servicio de los demás. Tenemos que entender que si las ideas no son puestas al servicio de otras personas para su propio desarrollo, no son más que abstracciones egoístas. Que si de la idea articulada, coherente y fundamentada no se deriva una acción de servicio a alguien que no soy yo, a una realidad que me trasciende, si la teoría no me saca del centro de mi vida para salir al encuentro con los demás, la idea y la teoría solo son bienes a medias. Tenemos que actuar para Dios y para los demás. Pero no reducir la vida universitaria a actuar por actuar, como tampoco debemos reducir la vida universitaria solamente a leer y responder preguntas.

No hay que priorizar la praxis en lugar de la teoría. La teoría es tan importante como la praxis. Debemos tener un buen conocimiento para actuar bien. Debemos conocer la realidad de manera coherente para que la praxis se desprenda sola y sirva de algo. Pero antes de la pareja teoría-praxis, hay algo más importante que articula y estructura todo lo que le sigue después: el encuentro personal con Dios. Si no nos encontramos con Dios realmente, jamás podremos ser estudiantes católicos. Si no escuchamos a Dios, la teoría y la praxis se caen porque no vemos qué es lo que Dios pide de cada situación concreta.

Por eso, necesitamos ser estudiantes católicos que, conociendo a Dios, conozcamos la importancia de servir y amar, y que desde cada disciplina colaboremos al bien común. Que nos dejemos guiar por el Evangelio y, estudiando, sepamos llegar a cada uno de los estudiantes, profesores y autoridades de las universidades, institutos y círculos de enseñanza para anunciar la Buena Noticia.

Que nos pongamos al servicio de los otros estudiantes, sin más. Al servicio de aquellos que necesitan una mano, aquellos que están solos, aquellos a los que un texto se les complica más de lo común, aquellos que no saben que hacer, aquellos que buscan su vocación sin saberlo, al servicio de aquel que está en el buffet y necesita que lo ayuden, o aquel que salió de un final bochado y no tiene quien le de una palmada para andar mejor. ¡Los estudiantes católicos no podemos quedarnos de brazos cruzados frente a esta realidad! Ellos también son Hijos de Dios. Dios Padre también pensó un proyecto para ellos.

Estamos llamados a amar en la universidad. A ser testigos del Evangelio y a no tener miedo. A estudiar para conocer y a conocer para servir a los demás y a Dios. A tender vínculos para ayudar a todos. A construir círculos de fraternidad y paz. Si no es así, si no amamos en la universidad, si no llevamos el Evangelio con las acciones, si no nos sensibilizamos frente a la realidad universitaria, entonces será mejor que no sea nada.

Ser un regalo de Dios

Mano

La palabra regalo, definida como “dádiva que se hace voluntariamente o por costumbre” y como “gusto o complacencia que se recibe” presenta tres posibles etimologías. Una primera, que tiene como origen un verbo derivado del latín regalis (propio de un rey) y que significaría “agasajar como a un rey”. Una segunda, que se remonta al verbo latino regelare como sinónimo de degelare, que significaría “romper el hielo” y que de esta acepción pasó al francés bajo el sentido de “agasajar”, más común al significado actual de la palabra “regalo”. Y una tercera, con origen en el verbo francés galer (divertir) y el prefijo re- con valor intensivo.

El factor común de las tres posibles etimologías es que un regalo es algo bueno que da alguien a otra persona gratuitamente. No por conveniencia, no por ganancia, no por falsa humildad. Solo gratuitamente y por amor. Si no se da en estas condiciones, el regalo no es un regalo.

Ahora bien, bajo este respecto, ser un regalo de Dios tiene ciertas características a priori que nosotros solo debemos reconocer, puesto que tienen su causa en Dios y nosotros no podemos hacer más que tomar conciencia de ello y actuar en consecuencia (cuando hablo de “ser” un regalo de Dios me refiero a tomarnos a nosotros mismos como un regalo de Dios).

La primera característica es sobre quienes intervienen en el acto de regalar. Decir que somos un regalo de Dios, es decir que Dios nos da a alguien más. Dios como emisor, un otro como receptor, nosotros como el regalo de Dios a ese otro. Saberse un regalo de Dios, es saberse enviado por Dios a ser algo bueno para otra persona. Reconocerse como tal es reconocerse valioso, amado por Dios y, por sobre todo, único e irrepetible.

La segunda característica se deriva de la eternidad de Dios y de nuestra temporalidad. Si Dios es eterno y todo su actuar es también eterno, el ser un regalo de Él también es eterno. Desde la eternidad fuimos pensados como regalos de Él para ciertas personas, de la misma manera que desde la misma eternidad otros fueron pensados como regalos para nosotros. Por la inmutabilidad de Dios (porque si Dios fuese cambiante tan Dios no sería, ¿no?) cada regalo de Dios siempre será un regalo. Incluso aquel que no se sabe regalo de Dios será un regalo para alguien más porque Dios lo pensó así y punto. Aun así, el saberse regalo de Dios es más fructífero y pleno que lo contrario, puesto que reconocerse especial y querido por Dios mueve el corazón a cosas grandes, como es el anuncio del Evangelio.

La tercera característica es la providencia de los regalos de Dios. La historia está sostenida bajo la providencia de Dios, y nada escapa al fin último, que es Él. Por lo tanto, cada regalo (que siempre será un regalo) traerá cosas buenas. Incluso cuando pensamos que alguien no podría ser peor persona de lo que es, Dios de allí hace un regalo: o bien la posibilidad de ser misericordioso, o bien la posibilidad de amar más, o bien algo más que tiene que ver con darle gloria a Él. Son las cosas de Dios y Él las organiza desde su escritorio eterno, no nosotros desde nuestras mesitas limitadas. De esta característica y la anterior, se desprende que por nuestra temporalidad, muchas veces no somos capaces de ver de qué manera otra persona puede ser un regalo para nosotros. Dios, al dar regalos eternos y al cuidarlos por su providencia, no está atado a la temporalidad de “Juan va a ser un regalo para Pedro en el 2015”. No. Juan será un regalo para Pedro siempre, y tranquilamente ambos pueden no saberlo jamás, puesto que nuestro conocimiento es limitado.

La cuarta característica tiene que ver con los fines de los regalos de Dios. No hay fin más grande que la vida con Él, y es en torno a esto que Sus regalos existen y son dados. Todos como regalos de Dios estamos llamados a producir en otro el estado de gracia, la vida en comunión con Cristo, la verdadera felicidad. ¡Cada uno como regalo de Dios tiene como fin dar cuenta del amor de Dios, porque uno en tanto regalo ya es testigo del amor de Él! Los regalos no existirían si el amor de Dios tampoco existiese.

En fin y para resumir, saberse un regalo de Dios significa saber que a través de nosotros Dios quiere actuar en los demás para que conozcan el Evangelio y puedan amar a Dios. De la misma manera, quienes nos rodean también tienen como misión lo anteriormente dicho, y es por esto que hay que dejarse amar por Dios y aceptar y amar cada persona de nuestra vida. Ninguno está allí por casualidad ni por azar. En el plan de Dios está cada persona que conocemos y en cada uno de ellos está el amor de Dios que quiere actuar en nosotros.